sábado, 20 de marzo de 2010

De las “bondades” de Obama

Por Joel Macías Rivas

Dentro de las primeras decisiones de Obama, después de asumir la presidencia de los EE.UU., estuvo el decreto relacionado con la “apertura” (regulación) de los viajes de los cubanos americanos a nuestro país, Cuba.

La medida, que derogó la anterior del expresidente Bush que restringía ese derecho hasta el ridículo, sin lugar a dudas favoreció el encuentro y la reunificación familiar, les amplió la posibilidad de gastos a los visitantes en la isla y, como consecuencia, se incrementó la circulación de las remesas de dinero convertible en el país.

Pero he observado cómo algunos compatriotas de entre los más beneficiados directamente se muestran eufóricos y no faltan los que están considerando que ese es el fin de los problemas entre los poderosos vecinos del norte y los cubanos de la isla. No me refiero aquí a los gusanitos (fabricados disidentes) que ya sabemos son asalariados (mercenarios) de aquella potencia extranjera.

Los elogios sobredimensionados al imperialismo yanqui pueden llevarnos, cuando menos, a la confusión y a la desmovilización; ya lo había adelantado nuestro Apóstol José Martí en su artículo del 23 de marzo de Mil 894 en el Periódico Patria: es preciso que se sepa la verdad de los Estados Unidos: ni se debe exagerar sus faltas de propósitos por el prurito de negarle toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas o pregonarlas como virtudes.

Olvidarnos de las aspiraciones de los gobernantes norteamericanos de someternos a la filosofía de la fruta madura, sería muy costoso; su deseo de apoderarse de Cuba, por cualquier vía, se mantiene latente; la Ley Helms Burton y su carril dos son el mejor ejemplo.

En cualquier gesto del gobierno de los EE.UU. hacia Cuba, puede esconderse el propósito de su esencia: promover el debilitamiento ideológico de nuestra revolución hasta hacerla reversible.

Los cubanos saludamos la decisión del Presidente Obama; en principio es positiva; pero no es la solución de las relaciones que merecen las familias de allá y las de la isla, tampoco del diferendo entre los dos países: lo digno sería la eliminación total del bloqueo al que, por más de 50 años, nos tienen sometidos; también tienen bloqueados y privados de sus prerrogativas a viajar a los ciudadanos norteamericanos.

Por lo tanto, los cubanos no tenemos el derecho de confiarnos, mucho menos de dejarnos humillar; aceptamos la posibilidad de viajar y del reencuentro como lo que es: el derecho que tenemos, al igual que los pueblos de otras latitudes o nacionalidades, a las buenas relaciones entre las familias, pero sin restarle a nuestra dignidad.